Habían pasado 14 años del crimen de Pamela Laime y los investigadores comenzaron a reunir indicios para determinar quién y por qué la habrían matado entre el 15 y el 16 de octubre de 2000, en la localidad de Ticucho, muy cerca de El Cadillal. Pese a la demora, los pesquisas siguieron algunas pistas. Se descartó primero la idea de que había sido secuestrada por una red de trata de personas.
La fiscala Adriana Giannoni, al confirmar en 2014 que el cuerpo hallado dos días después de su desaparición era de la joven, comenzó con la pesquisa. Por el testimonio de varias personas, se comenzó a indagar sobre la posible participación del conductor de un vehículo en el crimen de Pamela. Los testigos dijeron que la joven normalmente tomaba un remis que la transportaba desde la casa de sus patrones a la Terminal de Ómnibus. Otros, en cambio, indicaron que la víctima utilizaba un auto rural para trasladarse desde la capital hasta Garmendia, lugar donde nació, creció y fue vista por última vez.
Los investigadores sabían que para esclarecer el caso debían encontrar un vehículo: el que podría haber trasladado el cuerpo de Pamela hasta Ticucho, lugar donde fue arrojado. En ese punto no había dudas, pero los investigadores se preguntaban por qué tiraron el cadáver ahí y no en el trayecto entre Garmendia y la capital. Y había una sola respuesta: Pamela fue asesinada en la capital. Y lo hicieron después de que se cambiara en la casa de sus patrones o en algún otro sitio.
“Comenzamos a investigar a un posible remisero de confianza, que normalmente haya trasladado a la joven. Pero constatamos que no tenía uno de confianza. Además, hay que recordar que en esos tiempos el sistema de autos de alquiler no estaba regulado y cualquier persona conducía un auto. No pudimos encontrar ningún indicio de la existencia de un chofer que normalmente la haya transportado”, explicó Marcelo Sallas, ex jefe de la División Homicidios.
El investigador confirmó que también indagaron sobre la posible existencia de taxis rurales que hicieran el recorrido Capital-Garmendia. “Descubrimos que en esos tiempos no existía esa alternativa de traslado. Fuimos hasta la localidad del este en 2014 y descubrimos que las tres o cuatro personas que se dedicaban a esta actividad tenían menos de 25 años, por lo que en el año de la desaparición tenían entre 7 de 10 años. Era imposible que uno de ellos haya tenido al que ver”, destacó.
El ex jefe de Homicidios y actual integrante del cuerpo de investigadores de la División Homicidios también detalló las otras tareas que realizaron, entre las que se destacaron un análisis del entorno familiar de la víctima del crimen. “Caminamos Garmendia y no encontramos ningún indicio. Por eso se descartaron estas dos líneas”, comentó.
La pista de los patrones
“Siempre me pareció extraño que ninguno de los dos patrones se hayan presentado a preguntarnos que le había pasado a Pamela. Tampoco nos devolvieron las pocas pertenencias de ella que tenía mi hija en su casa”, relató Mercedes Saldaño al hablar sobre los empleadores de la víctima del crimen.
La mujer dijo que los médicos Francisco Bichara y Cecilia Díaz habían contratado a mediados de 1998 a su hija para que se desempeñara como empleada doméstica, en su casa ubicada en la inmediaciones del estadio de Atlético Tucumán. También, cuando la mujer declaró ante la fiscala Giannoni comentó que al poco tiempo de la desaparición de su hija toda la familia se fue a vivir a Estados Unidos.
Los investigadores analizaron esa línea. Con el correr de los días, descubrieron que solo la mujer y sus cinco hijos se fueron a vivir al EEUU, mientras que el hombre se había quedado en la provincia. Bichara se presentó a declarar en la Justicia y dijo que sí conocía a Pamela, pero que poco podía aportar, ya que se había separado en 1999, por lo que no sabía que pasaba en el interior de ese domicilio. Habría declarado además que el viaje de su ex pareja no fue sorpresivo, sino que había sido programado.
“Después logramos establecer que en esa casa, durante un tiempo, vivió el hermano de la mujer que había venido de Estados Unidos de visita y que estuvo bastante tiempo en la provincia. Al parecer, luego de la desaparición de la joven, la profesional viajó con él al país del norte”, comentó Salla.
Saldaño también recordó la presencia de ese hombre en el domicilio donde ella trabajaba. “Ella me había comentado que en varias oportunidades le planchaba las camisas, pero sólo eso me comentó. Pero sí me llamó la atención que se haya ido a vivir de la nada a Estados Unidos, sin que le avisaran nada. Pamela me hubiera comentado algo”, señaló.
La fiscalía intentó en vano contactar a la profesional. Recurrió hasta la Cancillería para ubicarla y así lograr que declarara como testigo, pero todo quedó en intentos. Los plazos procesales se vencieron antes de que pudiera finalizar esa gestión.
La fiscala Giannoni ordenó una serie de medidas para tratar de encontrar alguna prueba en contra de los profesionales. Encontraron manchas que habrían sido de sangre en el domicilio de los profesionales y en el auto de Bichara después de haber efectuado la prueba de luminol. Cuando enviaron las muestras para ser analizadas en Buenos Aires, los profesionales les confirmaron que no podían realizar el estudio porque la evidencia recolectada era inservible por el paso del tiempo.
La Justicia tenía una única esperanza: encontrar el vehículo de Díaz. Habían establecido que, antes de viajar a Estados Unidos, lo había vendido. Siguiendo sus rastros, descubrieron que se encontraba en Mendoza, pero el último tenedor no hizo la transferencia legal y nunca se lo pudo ubicar. “En esta causa siempre nos encontramos con el mismo problema. El tiempo transcurrido y la desaparición del expediente jugaron en contra”, concluyó Sallas.